X-Photographer de Fujifilm tomó la imagen de Lagunas de Montebello en Chiapas, con el dron: mavic air 2s. foto: cortesía (David Muñiz)
Por ejemplo, el cambio climático afecta la calidad y cantidad del agua
disponible en nuestro planeta, ya que derivado de los
cambios de temperatura se pueden observar cada vez más sequías y falta de
lluvias por un lado, e inundaciones, tormentas y huracanes por el otro. Esto a
su vez, afecta a la biodiversidad, ya que tanto las especies como los hábitats
dependen imprescindiblemente del agua, y sus variaciones ponen en riesgo el
equilibrio ecológico, al igual que lo hace la contaminación por residuos, químicos,
u otros productos vertidos a los cuerpos de agua.
Todo lo anterior, sumado a la sobreexplotación
de los acuíferos, contribuye a la vulnerabilidad de diversas regiones al estrés hídrico y genera una
crisis de agua al haber una demanda mayor a su disponibilidad. Esto se puede
ver agravado por el crecimiento
industrial y poblacional, la deforestación y la
urbanización, entre otros factores, cuando no se tiene una adecuada gobernanza
del agua que funcione como marco político, económico y social para la toma de
decisiones y la gestión de los recursos hídricos a fin de alcanzar soluciones
frente a este desafío.
De acuerdo con cifras de ONU-Habitat, alrededor
de 2,400 millones de personas en
el mundo viven en regiones con escasez de agua y otros 884
millones no tienen acceso a agua potable, además de que más del 20% del PIB
global se produce en zonas de riesgo de escasez de agua, lo cual nos habla de
un desafío no sólo ambiental, sino también social y económico que, de no
atenderse, se estima podría llevar a que el 52% de la población mundial
experimentará una severa escasez de agua hacia el año 2050.
En este sentido, México no es la excepción y
las regiones norte y centro del
país son las que con mayor frecuencia sufren la escasez o
la interrupción en el suministro de agua, mientras en el sur-sureste este
recurso es mucho más abundante, lo cual genera una desigualdad en su
disponibilidad y también plantea retos en cuanto a su distribución y
aprovechamiento a lo largo del territorio nacional.
En cuanto al consumo del agua, en nuestro país,
el 76% se utiliza en el sector
agropecuario, destinándose al riego de cultivos y a la
ganadería; el 15% es para el abastecimiento público a través de la red de agua
potable que llega a domicilios e industrias; el 5% es el autoabasto industrial
con tomas directamente de pozos, ríos, lagos, etc.; y el 4% restante es
consumida en centrales termoeléctricas para la generación de energía.
Ante esta situación, merece la pena reflexionar
sobre la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos en cuanto al cuidado
y uso del
agua en nuestros hogares, así como en los lugares de trabajo y espacios
públicos, a partir de la educación
y generación de conciencia que debería de comenzar en la
casa y la escuela, reforzándose a lo largo de toda nuestra vida en los
distintos ámbitos en los que nos desenvolvamos.
Por su parte, el sector privado debe eficientar su uso en procesos industriales y
productivos, mediante su reúso, reciclaje y tratamiento, y en
especial en el sector agropecuario a través de inversión en tecnología
sustentable e innovación en los sistemas de cultivo y riego; así como desde el
sector público con la actualización del marco jurídico del agua, la mejora de
las políticas públicas para su gobernanza y gestión, la modernización y el
mantenimiento de la infraestructura hídrica y de saneamiento, entre otros.
Es momento de abordar esta problemática de
manera contundente, coordinada y con visión de futuro, la cual nos apela a
todos por la responsabilidad compartida que conlleva el derecho humano al agua.
* El columnista invitado es Director del
Instituto de Desarrollo Empresarial Anáhuac (IDEA) de la Universidad Anáhuac
México.

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